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¿El Mundial de la Infamia? Por qué México y Canadá se sienten “invitados de piedra” en la fiesta de Donald Trump

El fútbol, históricamente el “opio del pueblo”, está a punto de convertirse en el “negocio de un solo hombre”. A medida que nos acercamos al verano de 2026, la emoción que debería embargar a las calles de la Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey se ha transformado en un sentimiento agridulce. Lo que se vendió como una histórica alianza norteamericana para organizar la Copa del Mundo más grande de la historia, ha terminado revelando una jerarquía incómoda: Estados Unidos manda, y el resto solo acomoda las sillas.

Con un Donald Trump que ha convertido el torneo en una extensión de su retórica política y una distribución de partidos que roza lo humillante, el Mundial 2026 se perfila como una vitrina de poder donde el deporte es, lamentablemente, el actor secundario.

13 contra 78: El frío peso de la matemática

Para entender el descontento, solo hay que mirar los números. El Mundial de 2026 será el primero con 104 partidos, una cifra monumental. Sin embargo, la repartición ha dejado a México y Canadá con las migajas del banquete. Ambas naciones albergarán apenas 13 partidos cada una, mientras que Estados Unidos se queda con el grueso de la acción: 78 encuentros.

Si bien el Estadio Azteca hará historia al inaugurar su tercera Copa del Mundo el 11 de junio ante Sudáfrica, la sensación general es de un “Mundial de segundo nivel”. Como bien apunta el experto Rolando Dromundo, todo en este torneo parece diseñado en función de lo que le sirve a Washington. México, el gigante de la Concacaf con una tradición futbolística que corre por las venas de su gente, se ve reducido a un papel de telonero en su propia casa.

La sombra de Trump y el discurso que enfría la fiesta

No se puede hablar del Mundial 2026 sin mencionar el elefante en la habitación: Donald Trump. El presidente estadounidense no ha ocultado su intención de utilizar el evento como una vitrina personal de su administración. Pero lo que realmente ha calado hondo en el ánimo del mexicano son sus recientes ataques directos.

Trump ha vuelto a la carga con una narrativa punzante, afirmando que los cárteles “gobiernan México” y amenazando con que, si el gobierno mexicano no hace “su trabajo”, Washington intervendrá. Estas declaraciones, que han obligado a la presidenta Claudia Sheinbaum a exigir respeto a la soberanía, han creado un clima de tensión que se respira en las tribunas. Los aficionados sienten que el torneo no es una celebración de la hermandad norteamericana, sino una fiesta donde el anfitrión principal insulta a sus socios antes de que empiece el baile.

Un Mundial para élites: El adiós a la televisión abierta

Para el ciudadano de a pie, el golpe no es solo político, sino también económico. Atrás quedaron los días en que el Mundial era una fiesta popular que se veía completa en televisión abierta mientras se compartía una comida en familia. El académico José Samuel Martínez advierte sobre un Mundial elitista y fragmentado.

Con boletos cuyos precios se perfilan como impagables para el promedio de la población y la obligación de pagar múltiples suscripciones digitales para seguir los juegos, el fútbol está dejando de ser el deporte del pueblo. En México, donde el fútbol es casi una religión, ver la fiesta “por la ventana” debido a las barreras económicas es una herida abierta. El sentimiento de exclusión es total: pocos partidos, precios de lujo y una transmisión privada.

La Tri de Aguirre: Un equipo sin chispa

A este panorama sombrío se suma la realidad deportiva. La Selección Mexicana, dirigida por Javier Aguirre, llega al certamen sin ese “fuego” que solía ilusionar a la nación. Con un equipo que, según especialistas, no genera entusiasmo y que parece estancado en una crisis de identidad, la “Tri” corre el riesgo de pasar por su propio Mundial sin pena ni gloria.

La dependencia de México respecto a Estados Unidos no es solo comercial; se extiende a temas de seguridad y combate al narcotráfico, lo que ensombrece el entorno deportivo. La pregunta que muchos se hacen es: ¿Podrá el fútbol abstraerse de la realidad social y política del país?

Canadá: El anfitrión que busca su identidad

Por otro lado, Canadá vive su propia realidad. Con 13 partidos repartidos entre Toronto y Vancouver, el país del norte busca su primer triunfo en un Mundial como local. Aunque la tradición futbolística canadiense no puede compararse con la mexicana, el entusiasmo es distinto: ellos lo ven como una oportunidad de crecimiento, mientras que en México se siente como una pérdida de estatus.

Sin embargo, Canadá también sufre la sombra de su vecino del sur. Para las ciudades canadienses, el reto será no quedar eclipsadas por la maquinaria publicitaria estadounidense, en un torneo donde las decisiones más importantes se toman a pocos kilómetros de la Casa Blanca.

El veredicto: Una fiesta con sabor a banca

El Estadio Azteca tendrá cinco juegos; Guadalajara y Monterrey, cuatro cada una. Son cifras que duelen cuando se comparan con la gloria de México 70 o México 86. En aquellos años, México era el epicentro del universo futbolístico; hoy, parece un estado más de la unión americana para efectos de logística FIFA.

El Mundial 2026 será, sin duda, un espectáculo visual sin precedentes y una máquina de generar dinero. Pero para el aficionado mexicano y canadiense, el sabor es amargo. Entre la retórica de Trump, los precios prohibitivos y el rol secundario asignado por la FIFA, queda claro que este Mundial se juega en inglés, se cobra en dólares y se celebra, principalmente, bajo la bandera de las barras y las estrellas.

México será sede por tercera vez, sí. Pero esta vez, la fiesta nos ha tocado verla desde la banca.

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